ORTODOXIA Y HETERODOXIA
La materia prima de la doctrina religiosa nos es ya conocida: son los mitos, los ritos, las creencias, las formulaciones que de todo ello se contienen en los libros sagrados. El creyente común conoce ese conjunto de modo sumario y elemental, desordenada y fragmentariamente. Pero incluso en los pueblos sin escritura, mucho más en las religiones con escrituras sagradas, el conjunto se halla desarrollado e integrado en un sistema doctrinal que aspira a ser coherente y que coloca cada pieza, sagrada o profana, en su correspondiente sitio. A menudo, la doctrina religiosa constituye o comprende una verdadera enciclopedia o compendio de los conocimientos de la época. Hay expertos cualificados -maestros, intérpretes de las escrituras, sacerdotes, gurúes- que elaboran y poseen el conjunto de la doctrina, a la vez que se encargan de transmitirla a las jóvenes generaciones en forma de enseñanza de salvación y de adoctrinamiento sistemático general.
Las enseñanzas o doctrinas religiosas contienen, ante todo, una cosmovisión o concepción general acerca del mundo y del hombre, en la que la existencia humana aparece dotada de valor y de sentido al hallarse en relación con algo absolutamente valioso y real que la trasciende. En ese marco, el creyente se siente a resguardo del absurdo, de la insignificancia y de otras amenazas. La representación simbólica creada por la religión no siempre o necesariamente es confortable, pero si habitable y en algún sentido consoladora. Por dramática que continúe siendo la vida en este mundo, la religión enseña a vivir en él y proporciona al menos el consuelo de que los males de la vida no durarán para siempre. La explicación del origen de estos males es, por lo demás, uno de los temas habituales de la cosmovisión religiosa.
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